domingo, 9 de marzo de 2008

La base nitrogenada


Mathew regresó a su apartamento en El Condado, a su ascensor de marca japonés sobre-capacitado para sostener su vida como la de otros al igual que él. Regresó al cristal polarizado de un piso 18 en donde le es claro que durante todos estos años tuvo razón, que las personas son y se ven como hormigas usurpando entre la tierra en busca de la falacia que es el azúcar de todos los días. Mathew Hollard II regresó a su puerta digital para hundir contra la superficie pixelada su huella también digital, seguida de una combinación de seis números que resiten ante fechas de nacimientos, aniversarios y días de celebración.

El distinguido profesor y doctor de genética Mathew Hollard regresó una noche de noviembre a su colección de cuchillos de China, a su nevera inoxidable, a sus platos desusados de cerámica, a la estufa rodeada de granito que jamás le ha fallado en propagar el exquisito aroma de la nada. Y aún lo huele y así mismo le alcanza el olor cada vez que regresa a la cama, cada vez que se sienta frente a la computadora a estructuralizar nuevas codificaciones de proteínas, porque dice que intenta hallar el error de Dios. Un codón es un codón que es un codón, se repetirá a él mismo cuando descubra lo ineludible, que la genética al igual que la poesía fueron creadas de la misma manera. Y así será como el doctor Hollard se topará con el primer error de Dios.

Mathew regresó a su apartamento porque tenía sueño, porque se confundió de edad, porque se creía que todavía era niño. Tan pronto sostuvo el pasamano de la escalera de metal llamó a su madre con un bostezo. Trató de pronunciar su nombre pero no pudo al no poder recordarse. Bostezó una segunda vez y se dio por vencido cuando vio en su cuarto de almacenamiento las viejas cajas de empaques asépticos que había traído de su oficina, ahora rellenadas de fotografías de la cremación de su madre.

Mathew Hollard regresó al mismo lugar de siempre, a un universo controlable, aquel que no existe. Regresó a su lavamanos de mármol de la misma manera que lo hizo otras noches como ésta, antes y después de ir al baño; ya era costumbre de su oficio. El doctor de genética, Mathew Hollard se creyó solo en aquel apartamento de El Condado, sólo que cuando fue a subir la tapa de su inodoro encontró una cantidad considerable de excreta acumulada en el agua. No supo si era suya, si se había olvidado de bajar el inodoro, si había tenido visita o si alguien había infiltrado su hogar. Peor de todo, no conocía si aún permanecía solo en aquel apartamento que se extendía a través de todo el piso 18 de Life View número y bloque 380. Mathew Holard, Ph.D. no pudo contener las lágrimas.

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